La brújula que escribía.

En Septiembre del 2013, mi vida cambió. Por supuesto, no fue un cambio radical (aunque…), pero más bien un rumbo impreso a mi existencia. Me instalé en carriles que me llevaron de nuevo a algo conocido y preciado: la palabra. Después de dos talleres tomados a través de Caminomundos, volví a escribir, a leer mas, y sobre todo, volví a poner magia en mi mundo. En Encuentra tu voz, me familiaricé de nuevo conmigo mismo, con lo que era, con olores, actitudes, sabores y movimientos, pensamientos y levedades. Y en Norte de papel, subí a un tren de la imaginación, no he dejado de alimentar la locomotora literaria con carbón escrito, produciendo vapor de letras. Y en estos dos cursos, he conocido a gente hermosa, hemos compartido y seguimos compartiendo, música, poemas, libros, fotos… Por eso los invito a intentarlo, a apuntarse, a hacer esta pequeña inversión que les va a revolucionar el cotidiano, se lo aseguro. Magali, Marina, agradezco infinitamente (y mas) por todotodotodo lo sucedido, y tal vez mas importante, ¡por lo que está por ocurrir! Ahora, quiero aplicar esto al francés, a ver lo que puede salir!

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Comparto algo de unas de la varias tareas incluidas en el taller Norte de Papel; se trata de un recorrido histórico/fantástico de mi ciudad natal, Lyon:

Los zigzags también son un rumbo

¿Has sentido alguna vez el pulso de una ciudad? ¿Sus latidos? ¿No? En Lyon, se puede captar cada “pu-pum” que hace su corazón. Su órgano vital está entre sus venas principales, dos ríos. Uno es la madre, el flujo grande, el tormentoso. La dueña de la vida. Paseo a lo largo del Ródano (Rhône), saludando cada puente. “Hola Galieni”! “Buenas tardes, Université”! “Tanto tiempo, Wilson! Has cambiado.” Hago zigzags mirando la corriente de agua desde arriba, y luego subo a mi canoa, penetro la piel de la ciudad y navego. Partes lentas, otras rápidas, me dejo llevar. Y llego a la parada esperada. Lafayette! El general se convirtió también en un puente. Guardo el remo y el chaleco en algún rincón de la mente, subo las escaleras protegidas por moho epidérmico.

¡El hijo! La segunda arteria lionesa es el Saône, el pequeño. Chiquito pero libre, tortuoso, travieso. Caminando hacia sus meandros cruzo la parte encerrada entre los dos ríos, la Presqu’île. Cordeliers. La farmacia de la esquina, el olor a algodón de azúcar de un puestito inmortal. Veo los trolley-bus pasar una vez más. El conductor repite la tradicional maniobra; en esta calle tiene que usar el motor, las barras se sueltan de los cables eléctricos, y empieza el ronroneo del diésel. Es al revés de un vinilo: cuando se aleja el brazo del cable-disco, empieza el sonido.

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El gato-bus se va, sigue su camino hacia las alturas de la ciudad. Y yo emprendo mi recorrido aleatorio. La tienda de ropa urbana está cerrada, se ve el arte callejero de su telón de acero. Un padre y su hijo pasan y le sacan fotos. Me reciben las bocinas, los camiones de recolección de la basura y las hordas de bicicletas rápidas y furiosas. Miro todas las bufandas pasar, arriba de las bicis. Las cintas de los estudiantes y los enamorados bailan alrededor de sus cuellos, se olvidan de los semáforos y reciben insultos de automovilistas.

Y luego, llego a destino, después de vadear el hijito. El Viejo-Lyon, templo de la gastronomía local. Me descalzo y siento los adoquines huecos, los intersticios llenos de agua sucia. Huelo el helado de pimiento morrón, el de pepino, la crema de mandarina. Camino por las sombras de las calles estrechas, abrigado por los balcones íntimos y las paredes color ladrillo. Desafío la catedral, miro la basílica, allá lejos en la loma de Fourvière, y me meto en una “traboule”. Las traboule son agujeros en el espacio-tiempo, uno entra y desaparece. Aprieto las mejillas en la pared, huelo el frio escondido en las sombras y lambo la superficie del pasillo angosto, sabe a juguete. Cada vez mas estrecho, camino en el laberinto, luego salto, me acuclillo, y salgo a la luz.

En la esquina del museo de la miniatura, un niño juega con globos, un gato indolente me mira. Agarro una bicicleta, mi bufanda, y que me lleve el viento.

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4 réflexions sur “La brújula que escribía.

  1. Pero qué decir mi querido Abdel, creo que la que tiene que agradecer, soy yo 🙂 Que hayas aparecido así, « de la nada », para revolucionar todo con tu música, tu sonido, tu danza, tu todo… Snif snif, bueno, crearé otro taller sólo con la excusa de que me sigas enviando aromas para ser leídos. ¿Qué te parece?

    Te quiere,

    Maga.-

  2. « ¿Has sentido alguna vez el pulso de una ciudad? »
    Esa introducción es simplemente hermosa.
    No puedo evitar pensar que si este texto fuera arena movediza, me hundiría en él sin oposición alguna.

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